Una movilización de símbolos

Más qué una movilización de masas, el 6 de marzo lo podemos comprender como una movilización de símbolos. En este sentido, salir a la calle o ir a la plaza, fue una nueva forma de participación; se trató de leer y ser leído; de expresar y ser visto, escuchado, sentido, incluso palpado. Un momento y un espacio en el que las personas se encontraron como mutuos significados y significantes.

El primer símbolo, significado y significante, está en el aporte para superar la polarización social y política que vive el país. Polarización que no contribuye al surgimiento de alternativas pacíficas al conflicto armado ni, en general, a la violencia. Al menos tres aspectos se pueden resaltar en esta jornada relacionados, claro está, estrechamente entre sí.

En primer lugar, el discurso de su convocatoria. La convocatoria del 6 de marzo se fue construyendo con una perspectiva cada vez más amplia y en sentido propositivo. Finalmente, no se convocó a marchar contra nadie, sino a favor de, en solidaridad con... La convocatoria, que en principio se propuso a favor de las víctimas del paramilitarismo, se fue ampliando hasta proponer una movilización que expresara de diversas maneras solidaridad con quienes han sido víctimas de la violencia, sin distinguir actor armado o sector político. Se trató de manifestar la indignidad nacional frente a un fenómeno de ya larga duración, que es necesario solucionar de forma pacífica e inmediata. Además, se proponía con ello ganar unidad nacional frente a un problema común, que ha afectado el conjunto de la sociedad nacional: el conflicto y la violencia.

FOTO FERCHO SARMIENTO.

En segundo lugar, su sentido de lo político. En medio de la exacerbación de los ánimos sociales y políticos y de las tensiones con los países vecinos que se vive en estos días, una convocatoria en clave positiva, de indignación frente a la violencia, de solidaridad con las víctimas, resulta fundamental para aunar los esfuerzos de la sociedad en torno a soluciones políticas pacíficas (en tanto hay soluciones políticas violentas). No se trata de seguir los pasos hacia la guerra, sino de elevar expresiones para que cese. Colombia requiere de forma inmediata un cambio de dinámica; de la guerra a la paz; de la injusticia a la justicia; de la inequidad a la equidad; de la exclusión a la inclusión. El sentido político de la marcha reafirmó la idea de un llamado a la superación de las polarizaciones en que nos hemos visto envueltos durante los últimos años.

En tercer lugar, su carácter humano. Quizás lo más digno y unificador del 6 de marzo fue el sentido de lo humano que lo caracterizó. Un sentido profundo, que es reconocer en el otro al semejante, con quien hago unidad en tanto soy consciente de su existencia. Y en este sentido, ver símbolos y ser símbolos es una forma de hacer conciencia del otro. Muchos de los manifestantes recurrieron al arte para expresar su dolor, rabia, cansancio y solidaridad. En todas las plazas y calles se expresó, de diversas maneras, un sentimiento de solidaridad con millones de colombianas y colombianos, mujeres, niñas y niños, hombres, jóvenes, ancianos, que han sufrido los golpes de la violencia, venga esta de donde venga. 

En medio de la polarización, del debate y de las múltiples interpretaciones que se dieron a raíz de las marchas del 4 de febrero y esta última de ayer, 6 de marzo, los colombianos y colombianas volvimos a salir a las calles, volvimos a tomarnos la palabra y expresar, incluso desde las diversas orillas políticas y de sentido que somos, nuestro cansancio y dolor frente a la guerra. Ojalá que nuevas movilizaciones nos ayuden a construir sentidos compartidos sobre el país que queremos.